El día en que un paraguayo humilló la soberbia estadounidense

En una época emergente de Paraguay, gobernado por Carlos Antonio López, tenía la mirada de grandes potencias mundiales. Producía para sí mismo, contaba con fundición de hierro, uno de los primeros ferrocarriles en América del sur, telégrafo, no tenía deuda externa y una población creciente.

El cónsul de los Estados Unidos, Edward Hopkins, estaba radicado en el país desde 1845, con el aval del gobierno había instalado varias fábricas y mejorado la economía exterior. López, estaba de acuerdo con el crecimiento pero el cónsul cada vez quería forjar más hacia una monopolización.

El presidente paraguayo miraba de reojo el desempeño de Hopkins en sus empresas.

Una tarde de octubre de 1854, Clemente Hopkins, hermano de Edward, paseaba a caballo con la esposa del cónsul francés, Madame Guillermont. En el camino, se toparon con un soldado de caballería de apellido Silvero, que conducía un ganado en sentido opuesto. El soldado les pidió que se hagan a un costado para no espantar a los animales, Clemente Hopkins, soberbio, o tal vez para tratar de sorprender a la dama, respondió de mala manera. Luego de algunos improperios hacia el soldado, Silvero responde con un latigazo a Clemente y este quedó tendido en el suelo.

Al enterarse Edward de tal situación, se dirigió al despacho de López sin anunciarse y con improperios exigió el castigo del soldado y amenazó, en caso contrario, una intervención armada de su país.

López, al darse cuenta de la “persona” del cual era cónsul, le recomendó presentar sus reclamaciones por escrito. El soldado Silvero fue ascendido a cabo por su merecido trato a Clemente.

Unas semanas después, el presidente Carlos A. López, suscribió un decreto por el cual se cancela el exequátur (Autorización que otorga el jefe de un Estado a los agentes extranjeros) al cónsul de los Estados Unidos de América Edward A. Hopkins. Posteriormente, ocurriría el conflicto con el Water Witch  que casi lleva a Paraguay a una guerra contra los Estados Unidos.

El soldado paraguayo, a lo mejor sin saber quién era aquel irrespetuoso señor, reaccionó de la manera, que a lo mejor, muchos desearían cuando los quieren pasar por alto.

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